Trabajo en curso

“Raíces mestizas”, localizado en la cuenca alta del Nanay, río tributario del Amazonas, es un retrato de las comunidades bosquesino-rivereñas de sangre y cultura mestiza que habitan en el interior de la selva tropical que reflexiona sobre las raíces históricas de la identidad maltratada y difusa de estos pueblos.

Desde hace varias generaciones, organizados en un sistema cercano a la autosuficiencia, los moradores de la ribera consiguen su alimento de la pesca, de la caza y del cultivo de pequeños campos (chacras) de yuca y plátano. Su actividad principal para la obtención de recursos monetarios con los que cubrir el resto de necesidades básicas (compra de gasolina, medicamentos, ropa, alimentos etc) es la extracción y venta de madera en la ciudad de Iquitos, a tres días de distancia bajando el río. En la actualidad, ésta actividad se encuentra perseguida y penada.

La lejanía y dificultad de comunicación respecto a los núcleos urbanos tiene como consecuencia más inmediata la escasa implementación de las políticas pública de la administración peruana, impidiendo a la población el ejercicio de derechos tan básicos como la educación, la salud, el acceso a agua potable y saneamintos, electricidad o la protección jurídica, entre otros.

Actualmente los pueblos mestizos no son considerados ostentadores de una cultura propia que los caracterice, en contraposición al reconocimiento oficial de ente cultural propio y singular que se otorga a los diversos pueblos nativos, la mayoría de ellos en proceso de fortalecimiento tras siglos de abandono, exclusión y, durante largos periodos de la historia, salvaje persecución. Oficialmente, los pueblos mestizos carecen de cultura propia.

Se obvia así la singular relación que con el río y el monte tienen este tipo de comunidades que representan, sólo en la región de Loreto (Perú), cerca de la mitad de la población. La conexión espiritual de los pueblos mestizos con el medio que habitan va mucho más allá de las leyendas que hasta nosotros (occidentales) nos llegan en forma de ingenuos y caricaturizados cuentos para niños. Plantas, animales, cochas, quebradas y, por supuesto, el río que les suministra alimentos y hace de vía de transporte natural, tienen su lugar y cometido específico dentro de la cosmovisión de los moradores de la selva.

La creación de estos asentamientos se remonta en la mayoría de los casos a la época que sobreviene tras el derrumbamiento de la estructura económico-social que se levantó alrededor del bum cauchero, final del s. XIX y primeras dos décadas del s. XX, cuando el precio internacional de esta materia se hundió sin remedio. Centenares de obreros del caucho sin trabajo, comerciantes arruinados, gentes recién llegadas de la sierra en busca de fortuna… se internaron con sus familias o en solitario por los ríos de la región para extraer de la selva cualquier producto del que obtener algún provecho económico. No obstante, en la mayoría de los casos, al no disponer de capital físico a gran escala, la explotación del monte solo alcanzó niveles de baja intensidad, y las familias fueron estableciéndose de forma definitiva a lo largo de los ríos, mezclando en generaciones sucesivas su sangre con las de los pueblos nativos ya asentados en ellos.

Durante el siglo trascurrido desde entonces, las comunidades rivereñas han ido aumentando, desplazándose a lugares más prósperos o, simplemente, desapareciendo. Y no fueron ajenas a los acontecimientos histórico-sociales que durante todos esos años sacudieron al país. Sin embargo, han sido los hechos de carácter regional, como el descubrimiento y posterior extracción del petróleo, entrada de empresas forestales, minería ilegal… los que han trasformado de forma más profunda su estilo de vida; debido sobre todo a la destrucción del entorno natural.

Actualmente, estos pueblos sobreviven sin cultura ni identidad reconocida, al margen de la ley, empobrecidos y violentados, sostenidos por una mezcla de tradiciones difusas, limitados y amenazados por las regulaciones estatales que ilegalizan las prácticas de las que depende su economía de supervivencia. Se debaten en la incertidumbre diaria dónde la improvisación rige forzadamente su sistema de vida en uno de los lugares más bellos e inaccesibles del planeta.

 

 

Zerca y Lejos y Suyaya Al participan, desde el año 2015, del anhelo de las comunidades por salir de la situación de empobrecimiento y abandono en la que están inmersas, y de vivir su amazonía en plenitud sin renunciar a la identidad mestiza que las constituye. Para ello, desarrolla un programa de autogobierno y acceso a las políticas públicas para, entre otros, levantar el nivel educativo básico de jóvenes y adultos, mejorar las estructuras de salud comunitaria, trabajar la exigibilidad de derechos básicos, tendiendo puentes que consoliden su relación con las instituciones estatales garantes de dichos derechos y todo ello desde un enfoque intercultural.

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